La última noche
-
Es complicado escribir historias personales porque, con el paso
del tiempo, todo cambia. Lo que un día sentiste bajo los efectos del amor, no
es lo mismo que sientes cuando todo ha terminado. Las personas, las
situaciones, las emociones, todo es distinto cuando lo ves con otra luz, desde
otra perspectiva; lo que ayer fue de cierta forma, hoy ya no es así. Y para mí,
el tiempo y los recuerdos han sido piezas clave para poder desenmarañar el nudo
que fue nuestra historia. Nuestra, pero desde mis ojos. Yo no puedo hablar de
lo que fui para ti, de lo que esto significó en tu vida, no puedo ni siquiera
describir quién eres, creo que nunca llegué a verte realmente. Así que lo único
que puedo hacer es hablar de mí a tu lado, de cómo nos viví, de tu presencia en
mi vida. Del camino que he recorrido y de todas las formas que ha tomado este
amor.
He podido escribir esto porque nuestro final fue tan sencillo como
cerrar un libro que ya terminaste de leer. Te quedas unos momentos pensando en
la historia, en cómo se desarrolló todo. Tal vez hubieras preferido otro
desenlace, tal vez crees que uno de los personajes merecía algo diferente, tal
vez ciertas cosas se quedaron en el aire, sin cierre. Tal vez sí terminó como
esperabas y te sientes satisfecho, tal vez no. Pero leíste la última página,
llegaste al punto final. Y por mucho que te hubiera gustado que no fuera así,
ya estaba escrito y no hay nada que tú como lector puedas hacer. Así que
cierras el libro, reflexionas un momento, y sigues con tu vida. Al fin y al
cabo, era una historia más. Y en nuestra historia, yo decidí. No más comas, no
más puntos suspensivos, no más capítulos. El final. Pero ¿el final de
qué?
No puede haber final sin un principio, y el nuestro fue perfecto.
En ese entonces yo no sabía que te estaba buscando, pero hoy sé que iba por la
vida llamándote a gritos. Yo no era yo, el fracaso y el dolor que experimenté
en esa época casi terminan con todo lo que me hace ser yo. Tú me viste y a
los 5 minutos ya sabías dónde dolía, por qué dolía, y lo que necesitaba para
que dejara de doler. Yo te vi y en menos de 5 minutos me di cuenta de que
quería contarte toda mi vida e invitarte a ser parte de ella. Esa es tu magia,
y hoy que ya no estás, hoy que ya no siento lo mismo, lo reafirmo: eres magia
en la vida de quien te encuentra cuando te necesita. Tal vez si nos hubiéramos
topado en otro momento en el que yo estuviera menos vulnerable, no hubieras
sido tan relevante como lo fuiste; pero tal vez en otro momento no hubiésemos
estado tan dispuestos a compartirnos. Porque sé que eso hicimos, en diferente
medida y con diferente propósito, pero me compartiste un pedacito de tu alma, y
yo desnudé la mía para que la abrazaras.
«Pero no te enamores de mí», fue lo único que me pediste. El
primer día que estuvimos juntos, la primera vez que nos vimos. «Es muy probable
que pase, pero no lo hagas». Nunca entendí por qué me lo habías dicho, yo
seguía sufriendo por mi ex y tú soltaste esa frase como si pudieras predecir el
futuro, como si hubieras sabido desde ese momento que soltar su mano y tomar la tuya iba a ser mi siguiente paso. ¿Me perdonas por eso, por no poder cumplir tu
única petición? ¿Me perdonaste ya por no haber sabido dejarlo en amistad? ¿Pudimos
haberla conservado toda la vida? Nunca lo sabremos, nuestra historia fue así.
No podemos cambiarlo: me enamoré de ti, y tú no te enamoraste de mí. No es
culpa de nadie, nadie pudo advertirme sobre la tristeza que encontraría en tus
ojos y las ganas de hacer hasta lo imposible para sacarla de ahí. Nadie me dijo
que tu olor iba a quedar para siempre guardado en alguna parte de mi cabeza y
que un día, al abrir la puerta de una tienda y respirar, entraría de nuevo por
mi nariz, de golpe, y traería de vuelta el recuerdo del aroma que encontraba en
tus abrazos, en tu coche, en tu piel. Nadie se imaginó que a pesar de ser todo
lo que nunca quise, una vez que te conocí, no quise a nadie más. Nadie pudo
predecir, ni tú mismo, que pasaría los siguientes dos años queriendo ser
solamente una cosa: tuya.
Y me dediqué a serlo. Fue decisión propia, consciente, constante.
Estaba claro que no seríamos más que amigos que ocasionalmente se besan, pero
siempre quise más. Me convencía de que era suficiente, de que era afortunada
por lo que teníamos, que no necesitaba más porque al final del día, contaba
contigo. Pero ¿dónde estabas cuando te escribí que creía que mis papás se iban
a separar? ¿Recuerdas lo que me dijiste cuando te conté aquel problema que
lleva 6 años arruinándome la vida? ¿Qué hiciste cuando te conté que había
chocado, o cuando te confesé que tenía ganas de morirme? No es justo ni
siquiera mencionarlo, sé que me diste lo mejor de ti, que hiciste todo para
convencerme de que era importante para ti. «Que alguien no te quiera como
esperas, no significa que no te quiera con todo su ser», eso me dijiste alguna
vez. Ambos éramos conscientes de que yo siempre quise y esperé más. Las
expectativas que creamos de la gente son nuestras, y yo me responsabilizo de
las mías. Pero tú, ¿no crees que pudiste también hacer las cosas de forma
distinta?
La realidad es que podría escribir muchas más páginas sobre dudas,
decepciones, sentimientos reprimidos. Pero ya no quiero, ¿para qué? Fuimos lo que
fuimos, y amo cada parte de eso. Incluso el final se sintió poético: el día en que
me dijiste que habías encontrado a alguien, yo tenía puesto el mismo vestido
que usé la última noche que estuvimos juntos, la noche que más te besé, la
noche que reímos y cantamos y jugamos. La noche que terminamos como de costumbre,
como sólo nosotros sabíamos terminar las noches largas. Qué preciosa forma de
despedirnos, así, sin saber que lo estábamos haciendo.
El tiempo que tendría contigo siempre estuvo contado, y en el
momento en el que ella entró a tu vida, empezó la cuenta regresiva.
Sólo déjame decirte una vez más que te quiero. Que este amor que aún
siento me basta para saber con certeza que, como diría Elvira Sastre: “aunque
no fuimos, siempre seremos”. Que fuiste el hombre que no tuvo miedo de tocar
mis cicatrices y adentrarse en ellas. Que tengo el catálogo de recuerdos de
mañanas y noches a tu lado, la imagen nítida de las pecas de tus hombros y tu
espalda (no se me olvida que me regalaste dos de ellas, y a cambio, yo te di el
lunar que tengo debajo de mi pecho, cerca del corazón), de los sábados de salir
a desayunar y hacer todo excepto eso. Que fue divino leerte poemas desnudos
en la cama y sentirnos vulnerables, expuestos, seguros. Que me basta con
cerrar los ojos para recordar la sensación de tus manos en mi cadera. Que te
agradezco por haber bailado conmigo en la sala de mi casa, frente a mi familia,
aunque ambos sabemos que no eres el mejor bailarín. Que mi recuerdo favorito de
nosotros es del último diciembre, cuando vimos las estrellas desde mi terraza,
me contaste lo que se siente que una de ellas baje y entre en ti; yo temblaba
de frío y sentía que el vodka que tomábamos ya había sido demasiado. Pero me
besaste, y te juro que el cielo, en todo su esplendor e infinidad, se volvió
pequeño e insignificante comparado con las ganas que tuve de quedarme así para
siempre. Esa era tu magia, no puedo decirlo de otra forma porque no existe una
mejor palabra para representar lo que haces y lo que eres. Magia que anestesia
todo dolor, que provoca amnesia temporal ante lo trágico, que te muestra muchas
otras vistas de cualquier panorama que te encuentres. Tanta magia, que estoy
convencida de que si todos pudieran acercarse un poco a ella, tan solo un
momento, el mundo sería un lugar completamente diferente, un lugar mejor.
Déjame volver a contarte cómo el mundo a veces me parecía un lugar
terrible, pero bastaban cuatro paredes y tus manos tocándome para olvidarlo
todo. Afuera seguían las guerras, la violencia, las injusticias, el caos, pero
yo te tenía a mi lado y juraba que todo en el mundo estaba bien. Me recostaba
en tu pecho y entendía que la vida, aunque a veces difícil, es hermosa cuando existen
un par de ojos tristes que te hacen sonreír. Hoy ya no te tengo, pero la vida
sigue siendo hermosa. Y siguen las guerras, la violencia, las injusticias, el
caos, y yo ya no tengo tu pecho para aterrizar y encontrar paz. Pero me tengo a
mí. Durante mucho tiempo no parecía suficiente, pero lo soy. ¿Recuerdas cuántas
veces me dijiste que ojalá pudiera verme con tus ojos? Lo logré, J. Encontré en
mí la paz que de forma muy egoísta encontraba en ti y no quería dejar ir. No es
el tipo de paz que finges sentir cuando terminas una relación y quieres
desesperadamente demostrarle a la otra persona que estás bien. Es más bien el tipo de paz
que me dio el total entendimiento de que el periodo de mi vida que compartí
contigo, estará por siempre grabado en mi piel, en lo más profundo de mí. Mi
esencia ahora está mezclada con un poquito de la tuya, porque así es como
funciona: encuentras a alguien que te marca, y se queda contigo para siempre. Eres
lo que amas. Y yo te amé. No importa que ahora seamos dos extraños, no importa
que estés con ella, no importa el dolor de tu ausencia, no importa la incertidumbre
con la que lidié durante tanto tiempo; te amé y eso nada ni nadie lo va a
borrar de mi historia.
Gracias otra vez por haber sido parte de ella, J. Gracias por la
paciencia, por el tacto con el que siempre manejaste mis sentimientos, por siempre
recibir mis regalos y palabras con entusiasmo y emoción. Gracias por tu
perspectiva, por tus consejos, los millones de cumplidos. Por ser siempre un
caballero en toda la extensión de la palabra, en esta sociedad podrida hacen
falta muchos hombres como tú.
Te abrazo a distancia siempre que pienso en ti. Sé que, si así lo
decido, puedo reencontrarte en mi cama, en mi regadera, en la cocina. Te puedo ver también en los ojos de todos los gatitos, en mi ropa color rosa, en
el libro de mi escritora favorita, en mi sonrisa. En el
vodka, en el whisky, en mis malas decisiones, y últimamente también en las buenas.
En mis planes y en mis metas, en mis ganas de seguir construyéndome. ¿Quién iba
a pensarlo? Al quererte y perderte, terminó de florecer mi amor propio. Gracias
por sembrarlo en mí, por haberle dado agüita y brindarle la luz que solamente un sol como tú es capaz de irradiar. Ahora me toca
a mi cuidar ese amor.
Gracias por tu vida, por el papel inmenso que tuvo en la mía. Qué fortuna
haber sido digna del amor de un corazón como el tuyo.
Gracias por dejarme quererte. Te prometo que lo seguiré haciendo.
Y sí, sé que tú también lo harás.
Fuiste mi libro favorito. Y ahora estarás por siempre en la repisa
de los cuentos mágicos, de los “érase una vez”, de las historias de amor más
bonitas jamás escritas.

Comentarios
Publicar un comentario