La mujer de mi vida

 A los 15 pensaba que a los 25 sería una ama de casa feliz, con dos hijos y un marido maravilloso. A los 18 juraba que en 7 años sería una ingeniera exitosa viviendo en el extranjero con un hombre que compartiría mi deseo de formar una familia. Era lo único importante, la única preocupación. Triunfar en mi carrera, y encontrar al príncipe azul. 

A los 21 toda idea de amor y logros en el ámbito laboral se vieron destrozados por las consecuencias de la inmadurez que se adquiere gracias a una vida sin problemas, plena, cómoda. El éxito y aquel gran futuro soñado desde los 15, se escaparon de mis manos en un abrir y cerrar de ojos; o tal vez sería menos hipócrita admitir que yo sabía perfectamente que el coche que manejaba estaba a punto de estrellarse, y no pisé el freno. Ni siquiera me puse el cinturón de seguridad, vi la pared y no reaccioné de ninguna forma. Y porque a veces la vida se luce y te da lo que mereces, sea bueno o sea malo, también caí estrepitosamente de la nube en la que vuelas cuando conoces tu primer amor, y descubrí que no basta con sentir mariposas y decir "te amo y estaré contigo siempre". El amor es mucho más complejo, mucho más real y mucho menos romántico que cualquier palabra que puedas pronunciar (o escribir). Fue ahí cuando por primera vez en mi vida tuve la certeza de que, sin importar lo que hiciera, jamás dejaría de ser la persona más irrelevante del planeta. 

A los 23 me separé de la iglesia y de todas las ideas obsoletas e inútiles impuestas por personas que te obligan a cantar todos los domingos. Descubrí que no necesitaba tenerle miedo al infierno para comportarme como una persona decente, que no hay forma de que una institución tan antigua no tenga escondidos bajo el colchón los secretos más sucios y tristes de la historia. Me cuestioné la existencia de un padre que permite que millones de sus hijos sufran sin sentido, pero exige y otorga un perdón del que no es dueño y que, francamente, no merece. Me indigné cuando descubrí que por pensar diferente estabas obligado a confesar ante un hombre que es exactamente igual a ti, que habías hecho "mal", todo bajo la premisa de que tu mente debe mantenerse limpia y libre de ideas contrarias a lo que te enseñan. Y descubrí, también, que pecar a veces valía la pena. Me enojé cuando me di cuenta de que te piden que tengas fe, que dejes tu vida en sus manos, pero que no puedas reclamar cuando algo sale mal, y al mismo tiempo tengas una deuda eterna que agradecer y pagar cuando todo sale bien. ¿Qué me falta para entenderlo? ¿en algún momento de mi vida voy a sentir esa fuerza indescriptible de la que todos hablan? La fe es precisamente eso, querer creer en algo que no entiendes y que no puedes ver. Y yo de momento prefiero no seguir buscando respuestas a preguntas que son más viejas que el mismo tiempo. Un señor no puede ser dios solo porque muchas personas escribieron un libro asegurando que lo es. 

A los 24 conocí el verdadero odio hacia una persona. No como un sentimiento que nace de un corazón roto o del rencor que queda después de un insulto, sino el odio puro que te hace desear que todo lo malo del mundo recaiga sobre él, que conozca el dolor en todas sus presentaciones, y que jamás vuelva a saber lo que es tener paz. Dicen que el odio daña más al que odia que al odiado, pero a mí me llena de calma la idea de ver a quien me quitó un pedazo de mi vida, sufrir durante el resto de la suya. Dejé de adornar el perdón y adopté la idea de que hay gente que merece ser odiada, y que ninguna frase, terapia o religión debería tratar de convencerte de lo contrario. 

Durante los 24 también sentí la desesperación de ver cómo todos avanzaban y yo seguía en el mismo hoyo de siempre. Me odié y odié la vida que yo misma había construido. Vi como mis amigos se graduaban, cambiaban de trabajo, vi a los que alguna vez fueron mis compañeros llegar a lugares que yo veía lejanos; parejas se unieron, familias se formaron, aviones se tomaron. Y yo seguía en el mismo lugar de siempre, preguntándome cómo serían las cosas si a los 18 no hubiera elegido con prisas una carrera que no ha podido llenarme ni hacerme feliz, o si mi forma de ser fuera distinta y no me costara tanto cambiar la rutina y atreverme a soñar con algo distinto lejos de aquí, si no fuera tan apegada a todo lo que me rodea y me fuera más fácil salir de la cama todos los días. Un hilo de sinsentidos que me mantienen despierta por las noches, y durante el día no me permiten ver más allá de lo que tengo alrededor. 

Y ahora, a los 25, sigo sin tener la menor idea de a dónde voy, de quién soy, ni de lo que quiero ser y hacer. Parece que el  fracaso llegó conmigo para quedarse, que sigo siendo la Andrea de 21 años que no se cree capaz de nada, ni digna de amor. Y supongo que no está mal, al menos eso quiero pensar.  Algunos procesos toman más tiempo que otros, y tengo que aferrarme a la idea de que en algún punto de mi vida voy a estar riéndome de todo esto. Ojalá que cuando revuelva mi memoria, me cueste mucho encontrar recuerdos de estos días en los que siento que el mundo no cambiaría si de repente dejo de estar. Porque sé que cambiaría, y sé que puede cambiar aún más y para mejor si sigo aquí, en medio de mi caos, tratando de encontrar solución a los problemas que la gente me regala, y a los que yo misma he conseguido. Por ello escribo esto. Y porque después de dedicar tantas palabras a hombres que son indiferentes, creo que lo justo es dedicarme algunas a mí misma. 

Si alguna vez la Andrea de 26, 30, 43 o 58 decide leer a la Andrea de 25, quiero que sepa que de verdad estoy haciendo todo lo posible por cambiar las cosas de mí que tanto nos han hundido. Quiero pensar que por fin aprendiste a amarte, que al fin entiendes que no necesitas a nadie porque te tienes a ti misma; y aunque francamente, incluso ahora que lo pienso y escribo, parece poco, es lo único que tienes y seguirás teniendo por el resto de tus días. Te guste o no, te trates bien o no, te caigas bien o no. Estás atada por siempre a la peor persona que has conocido: a ti misma. Pero también lo estás a la más fuerte y analítica de todas. A la tonta más romántica pero también a la fatalista más cruel. A la mujer más ansiosa y hormonal, pero también a la más consciente y fiel. A la más honesta mentirosa que no tiene miedo de admitir lo fácil que le resulta manipular a la gente, pero que llora inconsolablemente viendo películas de amor. A la Andrea de 15 años, y a la de 23. Para siempre. Con toda la mierda que eso implica, pero todo lo bello también. Y espero que para la Andrea que esté leyendo esto, al fin sea suficiente. Te mereces la paz que te has robado, y la que te han quitado los demás. Se lo debemos a todas las mujeres que hemos sido, y a las que seremos. 

Dice Bruce McLaren que la vida se mide en logros, no solo en años. Y alguna vez leí que al final de tu vida solo importa la clase de persona que fuiste, y lo que conseguiste gracias a ello. Según estas dos afirmaciones, de momento estoy jodida. Afortunadamente, según el INEGI, tengo otros 50 años para hacer algo al respecto. 

Medio siglo para al fin encontrarme, o terminar de perderme en el intento. 



 

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